El Patronato del Real Alcázar tiene previsto emprender la restauración histórica de sus jardines, proyecto que cuenta ya con varios años de preparación.
El significado de la restauración de jardines históricos se manifiesta en tres palabras clave: JARDÍN, espacio creado por el ser humano, expresión de su pensamiento y sentimiento, reflejo de una época. RESTAURACIÓN, recuperar el legado del pasado, para que se mantenga como testimonio en el futuro. HISTÓRICO, valor que distingue a ciertos jardines, por antigüedad, o declaración legislativa.

 l estudio y propuesta de restauración histórica de los jardines del R.A. comenzó con una llamada telefónica, en Febrero de 1997 de la Alcaldesa, Soledad Becerril, que respondí personalmente, y ante mi sorpresa, la voz que preguntaba por mí se identificó directamente. Soledad Becerril no me conocía personalmente, una amiga suya, Meye Maier, le sugirió mi nombre, confianza de dos señoras que espero no defraudar. En el Patronato del R.A., se me informó por la Alcaldesa, varios miembros del Patronato y el Director del R.A. José Maria Cabeza, del trabajo que se esperaba de mí. Se me abrieron dependencias de palacio que nunca había visto, además de un completo recorrido por los jardines junto a Soledad Becerril. Fue un día deslumbrante.
La recopilación de datos empezó en mi lugar de trabajo, reuniendo bibliografía, e investigando en Biblioteca Nacional, Archivo y Biblioteca del Palacio Real, Real Jardín Botánico, etc., y en mi propia biblioteca. Fueron decisivas, para la profundización de la historia del jardín, dos personas, por sus aportes documentales y su generosa actitud. Ana María Marín Fidalgo, puso en mis manos sus escritos. Pasamos muchas horas recorriendo el jardín, intercambiando ideas y pareceres. Santiago Saavedra, me entregó copias de su inabarcable fondo fotográfico, que guarda tesoros sorprendentes.
Con esa base de datos del XVI al XIX, empezó mi lenta y apasionante búsqueda y compenetración con el mismo jardín, que es la documentación más importante para todo arquitecto paisajista que se enfrente a una restauración histórica, máxime de tan excelsa categoría corno la del R.A. de Sevilla. Para quién desarrolla esta profesión, los jardines son "libros abiertos", en los que hay que saber leer, en su espacio y elementos, como se lee en los legajos de un archivo, a veces con lentitud y dificultad, hasta llegar a descifrar su significado. Realicé varios viajes a Sevilla, para una y otra vez, entrar y salir, a diferentes horas, incluso, con el permiso necesario, permanecer sola en el jardín, después de cerrado al público, verdadero regalo del destino, para mirar, sentir, comprobar, observar, medir, fotografiar, dibujar, y hasta imaginar. A medida que avanzaba el estudio se fue perfilando un núcleo por la fuerza de su valor diferenciador entre los jardines universales, y su "presencia" en el conjunto de los jardines del R.A., que corresponde a los reyes de la dinastía de los Austria. Rindiéndome a la belleza inigualable y a la superioridad en cuanto antigüedad, de los jardines de época hispano-islámica que permanecen en su recinto, únicos en el mundo, y que deberíamos todos hacer saber que son obras del arte de España del más alto rango. Yeso, Crucero (lo que queda) y Rehundido, por así llamarlos, son lo que ningún país tiene, deben ser reimpulsados, complementados, y debe otorgárselos por gobernantes y ciudadanos, la máxima consideración, y una mayor atención, lo que es posible, deseable y obligado.
Como se expone en la primera página de la Memoria presentada, la parte verdaderamente importante, la creación de singularidad estética, es la manierista. En el siglo XVII, bajo Felipe III y Felipe IV, con Vermondo Resta como artífice y los alcaides Conde de Olivares y su hijo el Conde Duque, en el R.A. se realiza un jardín de gran esplendor, una creación que supo aunar los espacios del XVI, integrando las realizaciones del Emperador y las de su hijo Felipe II, en una continuidad artística indispensable para que el rompimiento de los espacios y la fragmentación de las propuestas tenga una explicación coherente que haga inteligible el relato del jardín del XVII.
El núcleo relativo a los Austria tiene la clasificación estética de jardín manierista lo que le confiere una calidad reveladora. Cambia sin romper con el Renacimiento, y busca, se proyecta hacia el Barroco, lo anuncia claramente. Aunque en arte no hay fechas definitivas, a partir de 1600, el Barroco es indiscutible, y su vuelo dubitativo pero continuo se manifiesta en el jardín del R.A.
Una restauración histórica tiene que sortear numerosas y diferentes dificultades y finalmente optar por una propuesta, es el mínimo pero fundamental aporte creativo del especialista. Para reimpulsar la autenticidad de una obra artística, con el máximo respeto a la historia, y la recuperación de su mensaje, no hay que dejar las "páginas" donde estén, hay que reincorporarlas a su sitio, reordenarlas, de otra manera no habrá "lectura" del pensamiento expresivo del jardín, de su esencia.
La primera dificultad, ha sido la situación en el momento de la toma básica de datos existentes en 1997. En suma, una acumulación de añadidos y carencias a lo largo, desde Carlos V, de quinientos años, con Pedro I de Castilla, setecientos, de Alfonso XI, alguno más, del período hispano-islámico, mil y.... desde los romanos .... Al final más de 16 siglos de historia acumulada en un lugar donde quedan signos de todo ello.
La restauración de jardines tiene un marco legislativo que consta de leyes, nacionales, autonómicas, y de normativas internacionales. Es una especialidad dentro de una profesión, que requiere un profundo conocimiento de la historia del arte del jardín, y del mayor número posible de estos monumentos en los países donde existan. Y es necesario el sentido común.
Cada jardín es un caso único, su trayectoria a través del tiempo y de la acción de los hombres es un resultado en el momento en que se decide actuar, a partir de ahí interviene la propuesta del arquitecto paisajista. El jardín del R.A. en el estado actual es un caos histórico y estético. No creo aceptable que por deberse a la acción tiempo-hombre, haya que mantenerlo. En primer lugar, porque lo destructor no es lo correcto, las acciones contra la esencia propia hay que corregirlas. Los desaguisados sin criterio no deben ser mantenidos, y es de orden caprichoso todo lo que no es abandono en el jardín del R.A., salvo la estructura intacta desde el XVII, y muchos de los elementos arquitectónicos y escultóricos que subsisten. En segundo lugar, en la mayoría de los jardines, y es el caso del R.A., estas acciones incongruentes, consentidas por desidia y desconocimiento, han suprimido y sobre todo añadido organismos vivos no correspondientes, lo que es también una agresión que desvirtúa una obra de arte, creada con un ideario, servido por formas, y materiales idóneos, y sus cambios o pérdidas, lo eliminan o tergiversan.
Las plantas inadecuadas no deben reponerse, medida excesivamente lenta y poco comprometida con la autenticidad. Lo aconsejable es suprimir o transplantar los ejemplares que están donde no deben. Cada día, va siendo superada la simplista idea de que un jardín es un terreno con plantas, en cuyo caso cualquiera seria válida y cuantas más mejor. Criterio ajeno al arte del jardín, que invalidaría los más singulares jardines de España. Después de comprobado documentalmente, la actual impronta es la de un jardín trastocado en la segunda mitad del XIX, transformación sostenida en el XX.
La propuesta empieza por la recuperación de la esencia intrínseca del jardín, de lo todavía palpable, avalado documentalmente, reconocible, a pesar de la confusión instalada, y el adocenamiento constante al que se le ha sometido. La fascinación generalizada que estos jardines producen se vería centuplicada si se recuperase su potencial categoría. Es presumible el efecto que causaría la recuperación de su ideario original. El estado actual del jardín de los Austria, dista mucho de permanecer en una situación admirable. En gran parte ha sufrido una transformación importante que ha terminado con su esencia. Las causas, algunas inevitables, otras comprensibles y otras reprobables, no son justificación de que se prolongue este estado de cosas.
 |
| - Foto 1 - |
La falta de correspondencia entre la estructura fundacional, que subsiste, y la tridimensionalidad, en su mayoría vegetal y añadida, han terminado por romper la esencia sublime con que se había creado siglos atrás. La complacencia ante una u otra planta, por su tamaño, o floración, que no corresponda en época, situación, y desarrollo, a lo que constituye la autenticidad de un espacio, no debe ser un valor a considerar en una restauración; la acumulación no solamente puede ser una máscara, es perder la belleza verídica por la sustitutiva. Es borrar el testimonio de una nación dueña del mundo, por la pobreza del desarraigo.
Unos jardines restringidos, reservados, unas estructuras de composición entrecortada, que ligan y desligan los espacios, donde las alegorías traducen el relato revelador del jardín, de lo que es parte cognoscitiva del jardín, y la semántica de cada una de sus denominaciones, que nunca fueron fortuitas. Lo que ha ido desapareciendo, por diversas causas, es una carencia que hace del jardín una obra mutilada e incompleta, y debe ser estudiada su recuperación. El jardín del R.A. ha llegado a perder su refinado mensaje poético y culto, su potencialidad para sorprender y ofuscar, no los sentidos sino el sentido. Aquel espectáculo interminable, la imaginación, el pensamiento, lo inesperado y lo teatral, que avanza lo barroco, han llegado a desaparecer por lo reiterativo y lo desarraigado, lo ajeno al lugar, a su razón fundacional, y al espectador. La poética del jardín manierista requiere la complejidad, la irracionalidad de un cosmos pleno de animismo, de ilusionismo, de mutabilidad metafórica. Lo que puede parecer caótico es laberíntico, que equivale a búsqueda a través de una intención y un recorrido, donde la multiplicidad de propuestas es imprescindible consecuencia de la negación de los trazados axiales, racionalistas, del Renacimiento. En el jardín del R.A. se consiguió un entramado sublime contando con los espacios previos y la enfatización de elementos preexistentes tratados con la "armonía viva", que relacionó el pasado anterior al XVII, con su entonces presente, para impulsarlo al futuro, al que llegó en gran parte, hasta el siglo XIX, intacto.
En otros países han sabido, primero, conservar los jardines, y después, emprender restauraciones excelentes. Cuantas veces, en mi vida profesional, he pensado, si La Alhambra o El Generalife (como otros ejemplos), estuvieran en Francia, Gran Bretaña, o en Holanda, como estarían promocionados, mantenidos, impulsados, protegidos, alabados.
¿Se sabe lo que significa en términos económicos el uso cultural adecuado de los jardines de Versalles, Vaux-le-Vicomte, Villandry, Het Loo, Hampton Court, en el extraordinario estado histórico que presentan, después de sus cuidadosas restauraciones? Salvo el tamaño, que artísticamente no es valorable, el Jardín Rehundido, o el Patio de la Mezquita de Córdoba, jardín más antiguo de Europa en uso sin cambios fundamentales, (y otros), no son menos significativos como obras de arte. España es el país del mundo con jardines históricos del más amplio espectro. Que no se aduzca que en España no hay tradición de jardines, cuando es la más antigua de Europa, y la más multifacética.
Las restauraciones históricas cuestan trabajo y dinero, y proporcionan satisfacción y dinero. España lleva muchos años de retraso en la preservación de los valores históricos y artísticos de los jardines, y en el conocimiento de lo que verdaderamente son, tan pobre y equivocadamente considerados y conservados en la actualidad.
Para llegar a desentrañar el sentido del jardín del R.A. ha sido de gran importancia reparar en sus nombres dados históricamente, que como todas las palabras son transmisoras de ideas, como lo son las formas. Las palabras son "formas sonoras", elegidas para comunicar. En el R.A. se han mantenido, más allá de los elementos o razones que los produjeron. Príncipe, Rústico, Flores, Galera, Troya, Laberinto, Damas, Danza, Mercurio, Cenador, cuyo orden no responde a una precedencia, ni tienen un recorrido fijo, ni lineal, y ese es su secreto. Había que preguntarse porqué se llaman así, y en parte esa ha sido la clave, con las explicaciones de la investigación y de la labor de campo, para captar el sentido del jardín del R.A. En los jardines históricos no toda la explicación se obtiene en los archivos, el jardín se vale de la semántica, de la simbología, de lo inmanente de su espacio constituido por los testimonios de las intervenciones humanas, que traducen su ideario, las otras, las que lo traicionan, hay que inventariarlas como acciones lesivas la mayoría de las veces. Son igualmente aleccionadoras las supresiones y las pérdidas, que a veces claman ostentóreamente, desde su vacío.
El jardín del R.A. relativo a la dinastía de los Austria, se compone de dos grupos espaciales. La parte de los pequeños jardines fundamentalmente de Felipe II, de esencia mediterránea (no nórdica, como hay cierto empeño en afirmar), fundamento de la cultura occidental. Lo pequeño, lo cerrado, lo misterioso, lo hermético, se manifiesta en España en jardines mínimos en su superficie, inmensos en su contenido. La otra parte, de Felipe III y Felipe IV, más amplia, conjuga el cerramiento de los espacios con una percepción múltiple a través de aberturas, de recorridos que se enroscan y desenroscan, todo dentro de un nivel horizontal, con visiones diversificadas de enfoque y de altura, con la genial invención de la Galería del Grutesco, y el ándito en lo alto de los muros entre jardines. En el todo, se expresa hasta lo sublime, el valor alegórico de la imagen, lo intuitivo, el fondo, levemente apoyado en las formas para sobrepasarlas. Estar entrando a medida que se sale, dejar para llegar, llevarse lo que se deja, para llegar donde se espera y no se sabe, donde se va percibiendo lo ofuscante, y la imaginación superpone las relaciones de un itinerario pluridireccional, hermético a fuerza de ambiguo, siempre controlado porque está dispuesto voluntariamente. Donde no se permite lo inerte sino lo que conduce al despertar alquímico, después de las pruebas, las purificaciones, las metamorfosis, y cuanto menos al pasmo.
El Jardín del Príncipe
 |
| - Foto 2 - |
Aunque su antigüedad es anterior a la época de los Austria, por su íntima relación histórica y espacial, pertenece a este trabajo. Su nombre procede del nacimiento, en un cuarto próximo, del hijo varón de los R.R. C.C. el príncipe D. Juan.
Es uno de los más tergiversados. Sorprende el estado de irrespetuosidad de su casi total pérdida de autenticidad, con edificaciones añadidas rompedoras de su espacio y de su historia. En tiempos de Felipe II aún se veían los barcos atracados en el río, vista que el Rey quería preservar. En el siglo XVII, los muros hacia el jardín estaban pintados con "marmolados" y "enramadas", no en blanco, almagra o albero, colores de casa de campo, estética que se extendió posteriormente, no para el jardín del palacio real más antiguo, en uso continuo, de Europa. Prescindiendo en este escrito de lo extemporáneo y antiestético que completa este espacio, el actual trazado es de crucero, de lo que existe en el R.A. un verdadero abuso. Tiene una plantación heterogénea donde coexisten indiscriminadamente, palmera, ciprés, magnolio, granado, naranjo y otros arbustos, todo distribuido irregularmente. Hay noticias en el Archivo que certifican que este jardín estaba "encañado", es decir compartimentado con celosías de cañas, y con setos. Tenía estructuras de madera, que se "armaban de arrayanes". Se dice, "dar forma con una estructura de madera a una galera de arrayán y un navío". Las calles del jardín tenían puertas de madera que se cubrían de arrayán, los caminos estaban solados y la fuente se mandó pintar de jaspeado. Los cuarteles de plantación junto a la fuente tenían "signos y lazos". A los lados de su puerta había unos gigantes de arrayán.
La no recuperación de este jardín sería una grave irresponsabilidad. Lo que tuvo no está, y lo que está no debería haberse realizado.
El R.A. tiene una corona de jardines fundamentalmente contemporáneos de Felipe II, Mercurio, Danza, Troya, Galeras, Flores, etc., que resultan una negación histórica y un atentado contra la belleza por la situación a la que se les ha llevado. Salvo el encuentro con el de Mercurio, también mejorable, los demás no son la prolongación de la insuperable belleza interna. Lo que actualmente ocurre es la pérdida de ese encantamiento que se va acumulando en el recorrido interno, para brutalmente pasar a la vulgaridad más lamentable, en vez de proseguir en la espiral ascendente del clímax emocional al llegar a los jardines.
|